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UNA BANDERA POR UN REAL ESTATUS DE
PLENA AUTONOMIA PARA EL TIBET
En
1948, el Tíbet, país independiente de historia milenaria, fue invadido
por las fuerzas armadas de la República Popular China.
A ello siguió una ocupación de
ferocidad inaudita, que incluyó matanzas, torturas, encarcelamientos
y esterilizaciones en masa, abortos forzosos, y destrucción sistemática
del patrimonio cultural, religioso y ecológico.
Tras más de cuatro decenios de
resistencia encarnizada de los tibetanos, frente a su rechazo irreductible
a someterse, las autoridades chinas han imaginado y puesto en práctica,
en el curso de los años 80, una "solución final" de nuevo tipo,
una auténtica operación de "limpieza étnica" por dilución, fundada
en una política de trasvases masivos de población china al Tíbet.
De unos centenares que eran en
los años 40, los chinos residentes en el Tíbet son hoy más de siete
millones. Y los tibetanos ya son una minoría en su propio país.
Objetivo de la potencia ocupante:
40 millones de chinos en el Tíbet para el 2020. En ese momento,
los tibetanos, su lengua, su cultura, su religión, sus costumbres
y tradiciones habrán sido definitivamente relegados a los libros
de historia.
Pasa el tiempo. Hay que detener,
mientras sea aún posible, ese genocidio silencioso.
Hay que salvar al Tíbet, a los
tibetanos, el tesoro de historia, de cultura, de civilización que
han sabido darse a sí mismos y a la humanidad entera.
Hay que detener en su designio
de muerte y destrucción al último imperio dictatorial. A través
de este gran combate de libertad, hay que conjurar la transformación
en curso de la República Popular China de un régimen comunista a
un régimen nazional-comunista.
Hay que crear a partir del Tíbet,
de su libertad y de su liberación, las premisas para la libertad
y la liberación de mil trescientos millones de chinos, para el advenimiento
de la democracia y el Estado de Derecho en China.
Mientras el mundo ve cómo prevalece
la violencia sobre el diálogo cada vez más, hay que proclamar como
ejemplo para la humanidad entera la resistencia noviolenta del pueblo
tibetano y del Dalai Lama.
Sin perder un instante, en todas
los lugares del mundo libre, es preciso que los ciudadanos y sus
electos a cualquier nivel de responsabilidad se organicen, que millones
de hombres y mujeres se unan bajo el estandarte de la noviolencia
en una iniciativa concreta y activa para que el Tíbet vuelva a tener
contacto con la libertad, para que sin más demora las autoridades
de Pekín y el gobierno tibetano en el exilio inicien y concluyan,
bajo la égida del Secretario General de las Naciones Unidas, negociaciones
sobre un nuevo estatus de plena autonomía del Tíbet en todos los
ámbitos de la vida política. económica, social y cultural, con las
únicas excepciones de la política exterior y la de defensa.
En muestra de apoyo a este objetivo
de democracia, de paz y de libertad, nosotros, alcaldes de metrópolis,
de ciudades, de villas y pueblos, decidimos hacer ondear de forma
permanente la bandera del Tíbet en nuestro edificio consistorial
hasta que las autoridades de Pekín y el gobierno tibetano en el
exilio hayan concluido un acuerdo sobre la plena autonomía del Tíbet.
Nosotros, Alcades, pedimos a nuestro
Parlamento y a nuestro Gobierno a hacer suya la postura del Parlamento
Europeo y reconocer al gobierno tibetano en el exilio, si, en un
plazo de tres años, ese nuevo estatuto de autonomía no ha sido ratificado
y puesto en práctica.
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