Tercera
Conferencia internacional de los Tibet Support Groups
Berlín, 12-14 de Mayo 2000
Discurso de Olivier Dupuis, secretario del Partido Radical Transnacional y diputado
al Parlamento Europeo
Queridísimas amigas, queridísimos amigos:
Después de tres años de caminos separados me conmueve profundamente reencontrarme
hoy con vosotros, entre vosotros. Creyendo como vosotros que la franqueza es esencial
para el diálogo auténtico, constructivo y fecundo, empezaré diciendo sin ambages
que no creo que el alejamiento entre vosotros y el Partido Radical Transnacional
se deba a equívocos o incomprensiones.
Tras tres años de compromiso común, de éxitos políticos de enorme relevancia -que
no voy a recordar aquí - de gran aumento del movimiento mundial por la libertad
del Tíbet, en cuanto movimiento organizado, en 1997 nuestros caminos se separaron
por razones estrictamente políticas. Estaba y sigo estando profundamente convencido
de ello. Alguien juzgó y optó, en 1997, por supuesto de manera perfectamente legítima,
que la vía de las negociaciones secretas con las autoridades chinas debía tener
la precedencia absoluta sobre toda otra consideración política, y, en consecuencia,
entendió que las mejores formas de continuar por esa vía exigían un "enfriamiento",
una "desaceleración" de la movilización mundial, en especial en sus aspectos más
visibles, más públicos.
Por muy convencido que esté de que esto estuvo siempre claro, insisto en recordar
que siempre hemos compartido, y seguimos compartiendo, la evaluación y el objetivo
estratégico señalado por S.S. el Dalai Lama y por el gobierno y el parlamento
tibetanos en el exilio, es decir, la plena autonomía del Tíbet en el marco de
las fronteras chinas. O sea, un Tíbet con instituciones democráticas propias,
plenamente competente en todas las materias que se refieran a la vida de sus habitantes,
con salvedad de las relaciones internacionales y la seguridad. Ya que, como Su
Santidad, creemos en la fuerza e incluso en el valor de la interdependencia. Porque,
como el Dalai Lama, no creemos en ningún tótem, tampoco en el de la independencia.
Nuestra diferente evaluación de entonces y de hoy está en otra parte. Se refería
a la estrategia para conseguir este objetivo. Creímos, y seguimos creyendo, que,
atendiendo en especial a la naturaleza del adversario - un régimen autoritario
y antidemocrático - cualquier negociación debería inscribirse en un mínimo de
reglas y de modalidades de desarrollo claras y netas, de manera que se evite que
el interlocutor más fuerte tenga un poder discrecional absoluto, que no tenga
que responder jamás a nadie de sus opciones. Por eso entendimos, y seguimos aún
entendiendo, que esas negociaciones deberían celebrarse bajo la tutela de un organismo
tercero, de un organismo con capacidad, en fin, de hacer respetar las modalidades
de diálogo que las dos partes deben efectuar. Por ello, y por la responsabilidad
asumida en el pasado por las Naciones Unidas respecto al Tíbet, entendimos y seguimos
entendiendo que la tutela de esas negociaciones debe asumirla el Secretario general
de las Naciones Unidas.
Pero, aún más importante, es que estábamos y seguimos estando profundamente convencidos
de que tanto para hacer posible este diálogo, es decir, la apertura de negociaciones
bajo la tutela de las Naciones Unidas y sin precondiciones, cuanto para impulsarlo
y hacerlo fecundo, debemos crear una fuerza tal que nuestros adversarios no puedan
hurtarse a ella. Y estando nuestra fuerza en el diálogo, nuestras armas no pueden
ser sino las de la noviolencia. No la noviolencia como enfoque filosófico, sino
la noviolencia como instrumento político, como expresión política organizada,
como Satyagraha, tal como lo enseñaron el Mahatma Gandhi y Martín Luther King
y como lo han enseñado también el Dalai Lama y Marco Pannella.
Estaba y sigo estando absolutamente convencido de que en 1996 y 1997 esa fuerza,
ese movimiento, ese Satyagraha mundial podía ponerse en marcha, y de que en alguna
medida ya estaba cobrando fuerzas. A pesar de la mayor dificultad debida sobre
todo a la posterior orientación nacionalista y autoritaria en China, aunque hayamos
de tener en cuenta también algunas evoluciones positivas, empezando por la creciente
toma de conciencia del papel que le impone a la India su condición de democracia
más poblada del mundo, estoy convencido de que, trabajando duro, siguen dándose
las condiciones para hacer nacer, o renacer, este Satyagraha mundial por el Tíbet.
Queda para terminar la dimensión temporal. Con sus trágicas consecuencias para
el Tíbet mismo, cada vez más diluido en una masa imparable de colonos chinos,
cada vez más amenazado en su identidad, en su integridad. Creo pues que ha llegado
la hora de hacer de la cuestión tiempo un elemento esencial de nuestra estrategia,
ya que es el único elemento capaz de obligar a las autoridades chinas a iniciar
un auténtico diálogo y a las autoridades de los países democráticos a apoyarlo
sin ulteriores hipocresías, sino, por el contrario, con fuerza y determinación.
Estoy profundamente convencido de que, en este contexto, el Satyagraha mundial
por la libertad del Tíbet debería proponerse, y proponer a los gobiernos y parlamentos
de todos los países democráticos del mundo el compromiso de reconocer la independencia
del Tíbet si, a tres años vista de la comunicación de esta decisión, las autoridades
de Pekín y el gobierno tibetano en el exilio no hayan consensuado y aprobado un
estatuto de autonomía satisfactorio para el Tíbet.
Organizándonos rápidamente y en todo el mundo con nuevas mociones y resoluciones
en los parlamentos, en las instituciones internacionales, en los consejos regionales
y municipales, con manifestaciones simultáneas en centenares y centenares de ciudades,
con ayunos, huelgas de hambre y tantas otras iniciativas noviolentas que nuestra
fantasía no dejará de imaginar.
Gracias y buen trabajo.