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Un monumento
al "Chico desconocido"
de Marco Pannella
(01.01.75)
SUMARIO: En la introducción del
libro "Un chico en el infierno" de Mario Appignani, Marco Pannella
denuncia las distintas formas de violencia practicadas en las instituciones
públicas y clericales de asistencia, en los reformatorios y en
las cárceles: la explotación de la infancia abandonada,
el chantaje de la asistencia, los campos de concentración de los
institutos para menores. El libro de Appignani es un cuadro panorámico
de una Roma clerical y corrupta y la descripción del círculo
vicioso que impulsa a los jóvenes del subproletariado urbano a
la marginación, a la violencia y al crimen.
(Introducción de "Un chico en el infierno" de Marco Appigniani,
Napoleone - Enero de 1975 - del libro "Marco Pannella - Escritos
y discursos - 1959-1980", editorial Gammalibri, enero de 1982).
Me acuerdo
del "caso Braibanti"....
Hace ya cinco años, el Tribunal de 2° instancia de Roma, presidido
por el juez Orlando Falco, por petición del acusador público
Antonio Lojacono (de cuyos nombres y avatares no me quiero olvidar), condenó
a más de diez años de cárcel al "filósofo
de Fiorenzuola", Aldo Braibanti, por capciosidad para con un joven,
Giovanni Sanfratello. Las pruebas de la capción fueron las ideas
libertarias y ateas profesadas por Sanfratello, su opción de dedicarse
a la pintura y vivir en común con Braibanti, pobre y libre. El
joven contaba veintitrés años de edad, residía legalmente
en Roma, y era independiente. Puesto que no estaba dispuesto a reconocer
que sus ideas y comportamientos no fuesen fruto de su libre albedrío
sino de una "esclavitud" de su amigo, Sanfratello fue raptado
con la violencia, con la violencia fue internado, con la violencia sometido
a tratamientos de aniquilación, con la violencia masacrado moral
y físicamente. Se le pedía, en realidad, que volviese a
amar a sus padres, que volviese a creer en la religión y en Dios,
que acusase a Braibanti. Fue dejado en "libertad condicional"
por el profesor Trabucchi, del manicomio de Verona, se le prohibió
leer libros que no fuesen anteriores al 1870, tal vez en homenaje al año
de la proclamación del dogma de la infalibilidad pontificia.
A lo largo del proceso tuvieron lugar hechos vergonzosos. El magistrado
Antonio Lojacomo, actuando explícitamente contra la ley en nombre
de una praxis condenada posteriormente por una sentencia del Tribunal
Constitucional, evitó con gran habilidad que se abriese un sumario
formal sobre el caso, que hubiese comportado la presencia y la sentencia
de otro magistrado, tuvo a Braibanti dos años en prisión
preventiva, dejó que toda la prensa "de bien" lo atacase
y lo ensuciase violando el secreto sumario, y, en el proceso en el que,
obviamente, fue el acusador público, pronunció una arenga
de una violencia alucinante y con connotaciones terroristas. Recuerdo
que continuamente se refería a los "cutres catres", a
las "prácticas contra natura", a la defensa de la inocencia
y de los derechos del joven, del adolescente "a la reducción
a cosa", a "lavado de cerebro", de una persona, - Sanfratello
- que tenía ante sus ojos el inconcebible error de haber rechazado,
en sus años mozos, vivir con su familia clerical y autoritaria,
y de compartir valores y comportamientos. Inconcebible: sólo el
"diablo comunista" Braibanti podía ser responsable de
tanto ... Uno de los expertos oficiales, que desde ese momento resultó
ser un fascista incluso oficialmente, declaraba por doquier que se habían
ajustado cuentas con la pretendida cultura antifascista (Braibanti había
sido un heroico resistente, torturado por los nazis); el juez Falco, que
se habían ajustado cuentas con la pretendida cultura psicoanalítica...
Una oleada de demencia convirtió en violencia la justicia, se dio
rienda suelta al linchamiento. Tuvimos que luchar con todas nuestras fuerzas
para denunciarlo, y obtener un juicio de llamamiento que por lo menos
devolviese sin más demora la libertad a Aldo Braibanti, y le hiciese
justicia indirectamente a lo que quedaba de Giovanni Sanfratello, tras
su "salvación" por parte de la Italia "católica",
"pura", "maestra del derecho", "viril",
"ordenada", en resumidas cuentas, democristiana y fascista.
Algunos años después, tuve la oportunidad de conocer a este
"salvado": reducido a "cosa", drogado no sólo
por las drogas del manicomio, aniquiladoras, que le suministró
la familia, la justicia de clase y clerical. Su aventura me pareció
cada vez más ejemplar, axiomática: la sociedad acudió
en defensa de la familia y del orden, lo "asistió". Esta
"asistencia" lo había convertido en chatarra, tal vez
en una "cosa", cuanto menos en un "violento contra sí
mismo", lo mínimo que en la escuela obligatoria de la violencia
constituida puede acaecer. Giovanni Sanfratello vivió en pocos
meses intensamente los trámites de cientos de miles de jóvenes
que fueron aprehendidos por la República y por la gracia de Dios,
por las instituciones que predican "amor", "dedicación",
"sacrificio", "pobreza" y respeto a la vida.
Recuerdo
esas crónicas de sucesos y judiciarias, que no es casualidad que
coincidan con las políticas y cualquier otra, a la avalancha de
tirones, de linchamientos, de chicos asesinos, a los barriobajeros que
se han convertido en la mano de obra de los siniestros más oscuros
del Estado, en los trenes, en las calles, en los bancos, a los chiquillos
de los gimnasios romanos de Kárate, que abarrotan las salas parroquiales
y los cines de barriada para ver películas "castas",
"viriles" y violentas, cuando pienso en las campañas
en pro de la pena de muerte que están resurgiendo, de la cadena
perpetua, de los periódicos de orden, los realmente "carcas",
"católicos pero de verdad", que predican una educación
y una ley austeras y fuertes, el carabinero que tutela el matrimonio,
la vida del feto, la moralidad del hijo, la figura de la madre y la dignidad
de la patria y de las fuerzas armadas...
Cuando pienso en todo ello hallo la respuesta en esta historia "Un
chico en el infierno" de Mario Appignani. Y la respuesta es que el
infierno y el diablo existen realmente, son de esta Tierra, tiene razón
el Papa. Reconozco, ahora, que tienen mayor autoridad que cualquier otro,
en este campo. Se equivoca el Padre Pablo al creer que este diablo y este
infierno son eternos.
Un día cualquiera bajó de la cruz en la que lo habían
crucificado los sacerdotes y los poderosos de aquel entonces y los derrotó,
por ejemplo. No fue más que un inicio, nosotros continuamos la
lucha. El 12 y el 3 de mayo de 1974 un pueblo de creyentes, que creen
en cosas muy distintas al oro, la violencia y el poder, creyentes en la
justicia y en la libertad, demostró que aún se acordaba
de todo ello.
Ahora se trata de detectar bien, de perseguir a los mercaderes del templo
y las bastillas en las que los pobres se hallan encadenados. Urge volver
a liberarse o el caos inmundo de la violencia volverá a triunfar
durante más generaciones, se expandirá de nuevo desde la
capital corrupta a la nación infectada.
¿Me dirán, como siempre, que exagero?. Pues que se lean
el libro que es la historia de miles de chicos, de mujeres y de hombres.
¿Dónde andan esos hombres de voz dura que juzgaron a Aldo
Braibanti?. ¿Dónde andan, ante este estrago cotidiano y
secular, hecho en nombre de la ley, de la Iglesia y de la República,
los católicos y los jueces con el sentido del Estado y de la justicia,
los periódicos que hicieron un himno con la sentencia de Orlando
Falco, los pedagogos, los teólogos tutores del esperma en nombre
del derecho a la vida, de esta Iglesia en nombre de la religión,
de este Estado en nombre de la justicia y del orden?.
¿Dónde están las leyes con sus sacerdotes, sus magistrados,
sus científicos, sus hombres?.
¿Del lado de la Pagliuca(1), como el Ministro De Mita(2)?. ¿Acaso
no sabía lo que hacía como los carabineros, el obispo, los
médicos, como el gobernador civil, como el alcalde, como el párroco,
como la obra nacional y municipal de la maternidad y de la infancia, como
el gobierno civil, como los "asistentes" sociales, religiosos,
morales y civiles?.
Pero en este tipo de enunciaciones corro el riesgo de olvidarme de alguien.
Aquí, en este libro, también están el príncipe
o el marqués, a un tiro de piedra de la "Obra cardenal Tisserant"
de donde huye, enloquecido de celos y de dolor, un chiquillo de catorce
años que se siente "traicionado" porque su "padre,
su sacerdote, su amigo, su hermano, el amante que ha encontrado, lo es
de demasiados, de todos. Y el aristócrata que acoge evangélicamente
en su mesa a un frailecillo más largo que un día sin pan,
de época, lo convierte en su comensal, entre camareros con librea
y candelabros, le da de comer, lo escucha, le da diez mil liras, lo devuelve
pilatescamente con chófer en un "mercedes", una vez hecha
su "buena obra", a su destino de víctima de la violencia,
al papel social perenne de no integrado. Nada del otro mundo. ¿Pero
estamos seguros de que si hubiese aparecido ante las suntuosas demoras
ideológicas de los ardientes y puros movimientos revolucionarios
nuestros, este joven subproletario hubiese tenido un tiempo y una calidad
de escucha distintos?. Digámoslo (y no sólo porque nosotros
los radicales ante el estrago que se llama "asistencia a la infancia
romana" somos los únicos, una vez más, que piden tener
un poco de buena conciencia que no sea barata); durante veinte años,
la izquierda romana, con toda la fuerza, en honor a los "diálogos"
y a las habitaciones de los "botones" nacionales y capitolinos,
no se ha comportado muy distintamente al aristócrata.
En este libro, otros albergan a nuestros chiquillos en fuga: y viven en
áticos suntuosos, tienen cargos de responsabilidad, están
en la cúspide de la pirámide social, aman vestirse con indumentos
íntimos femeninos, y pagan por obtener en plan mercenario y capitalista
lo que los "asistentes", los "profesores", los "directores",
las autoridades en resumidas cuentas, suelen obtener con la violencia
más directa e inmediata de las "entidades de beneficencia",
de los "institutos de asistencia", de "la educación",
obviamente moral, religiosa, patriótica y diligente costeada por
el Estado y los ciudadanos.
¿Que exagero?. ¿Todavía?. Lo escribirá gente
como ese Carlo Casalegno, vicedirector y mentor del periódico "La
Stampa", que nos acusa de anticlericalismo visceral, de irresponsabilidad
política, de funesta y peligrosa propaganda de odio.
Este hombre, de vez en cuando, tiene otros enemigos, a parte de los radicales.
Antes de calumniarnos y de intentar denunciarnos, como hizo hace algunos
días, ya se había movilizado contra otros. Creo que fue
en 1969. Sucedió uno de los casos más humanos, civiles y
democráticos que han tenido lugar en Italia en los últimos
años. Reunidos en el congreso, los directores de las cárceles
italianas habían decidido obtener del gobierno la garantía
de que la reforma de las cárceles que había sido prometida
hacía veinte años, se convirtiese en realidad lo más
pronto posible. Su razonamiento era lineal, todos, en el Parlamento, en
la prensa, en los partidos, al menos de boca para afuera, reconocían
que en las cárceles italianas existía un universo de violencia
y una gran criminalidad. En estas condiciones, se veían obligados
cada vez más a representar y velar no sólo por el derecho,
la justicia, la ley, la "redención" del encarcelado,
sino exactamente por todo lo contrario. Así pues, denunciaban estos
directores que se corría el riesgo de que se produjese un estallido
de revuelta, que en efecto se manifestó posteriormente. Así
pues, llegaron a la antesala del ministerio de Justicia declarando que
no se iban a mover hasta que el ministro no les hubiese concedido las
garantías que exigían y que iban a "encerrarse"
en el gabinete de Su Excelencia Reale o Gonnella (no me acuerdo, pero
da lo mismo). Entonces, Casalengo intervino con su tomo de moralista oficial
de la Corte, o de semi-pontífice en camisón y con gorro
de dormir del laicismo y de la democracia oficiales de Italia. Les denunció,
tachándolos de criminales: ¿Pero, bueno, qué ejemplo
de disciplina estaban dando al país?. ¿Y el sentido del
Estado?.
Todavía estamos esperando, con los directores de las cárceles
cada vez más paralizados, que representantes y tutores de una violencia
inmunda que también la historia de Mario Appignani confirma. La
"reforma"...
El deber de desobedecer cuando la obediencia comporta la traición
de leyes fundamentales y de derechos de la persona es locura no es política,
para este pez gordo de la prensa laica, democrática y antifascista
de Italia, gran recogedor, con su periódico, de firmas y peticiones
contra las putas, los travestidos, los pederastas, los chicos de la vida
y los alborotadores nocturnos. Pero gran tutor (he aquí la justicia
de esta aparente digresión) de las instituciones que producen,
en serie industrial, cientos de miles de "putas" no de lujo,
"homosexuales" no presidentes del Consejo, no directores o educadores
de institutos, no "artistas" finos, cultos y distinguidos como
él, no violentos como los corruptores de clase sino obligados a
sufrir la violencia de la prostitución contra sí mismos,
"travestis" que no pueden permitirse el lujo de comprar unos
cuantos chiquillos escapados de la cárcel una noche o del instituto
"religioso" o "laico" de asistencia como "público"
para sus tan inocentes manías o deseos.
Pero es un gran político, porque desde hace veinte años
condena toda petición de actuación rápida de la Constitución
que no sea declamatoria o de pura, rabiosa y cómoda protesta: porque
desde hace veinte años defiende el "orden constituido",
es decir el caos del que somos todos espectadores, y que estaba prefigurado
para quien quisiese comprender o prevenirlo en el "orden" infernal
en el que la "sociedad" (es decir estas leyes y estos legisladores,
estos gobiernos y estos partidos, este régimen y estos clientes
de régimen) tiene en la fábrica, a miles cada año,
a los hijos del pueblo.
Por último, aparece también el industrial. Es el "padre"
o el padrino, de toda esta historia. Frecuentador de prostíbulos,
compra de una madre ostentadora de la "virtud" de su hija. De
esta manera empieza la historia de Mario Appignani, porque el señor
evidentemente no usaba los vulgares antifecundativos de por aquel entonces,
y porque Mario tenía "derecho" indiscutible, evidentemente,
a esta vida. Luego, el industrial se ocupó del beneficio, y la
República de su hijo.
Puesto que hemos hablado de "padre", hablemos también
de madre, que esta sociedad tanto honra y protege, como bien se sabe,
y le dedica un día en mayo. Mario Appignani se entera de su existencia,
de su nombre y dirección a los 18 años. Corre para conocerla,
abrazarla. No la encuentra: está en un hospital, por el que Mario
ya ha pasado, cuando intentó suicidarse a los 12 años. Llega
hasta ella. Es una mujer consumida, deteriorada por la existencia, pero
no está ahí para curarse. Está en la cabecera de
la cama de una chica de 14 años, la hermana de Mario, aunque éste
ignora su existencia. Está ahí porque la chiquilla había
intentado suicidarse.
Mario, ¿por
qué has venido al Partido radical a verme y a pedirme que escriba
esta introducción?. Maldición. Lo has visto, hace diez días
que soy incapaz de escribirla, estoy retrasando la publicación
del libro, he intentado escribir alguna que otra página en pocas
horas, de noche, confiando en llegar a tiempo y servir de algo a alguien.
De esta manera he vivido los peores días de este año, que
ya de por sí ha sido bastante difícil y dramático.
He aplazado todos los compromisos, descuidado todos mis deberes. ¿Por
qué, me pregunto, se me queda la mente en blanco?, ¿por
qué esta incapacidad, este sufrimiento?.
Leí tu historia en las pocas y terribles páginas en la entrevista
de la revista "Panorama". Debió ser, creo, la última
semana de la larga lucha, del ayuno de este verano, mientras preparaba
manifestaciones, encuentros, debates, encierros, y nos hallábamos
todos al borde de nuestras fuerzas. Pero estaba seguro de que iba a suceder
algo, sin necesidad de que interviniésemos nosotros: que los seiscientos
mil lectores insurgirían escandalizados, incrédulos, ofendidos,
atemorizados, furiosos; que los acusados se defendiesen acusándote,
atacándote, presentando querellas contra Lamberto Sechi, contra
ti y contra Dragosei; que los consejeros municipales, provinciales, regionales,
de Roma y del Lacio, "cristianos" y "socialistas",
"liberales" y "republicanos", exigirían comisiones
de investigación, presentarían interpelaciones, se precipitarían
a inspeccionar estas "entidades de asistencia" y buscarían
con las responsabilidades políticas y penales los remedios contra
esta alucinante, tremenda realidad, si era cierto; que la Audiencia Provincial,
y los "magistrados", abrirían sumarios, llevarían
a cabo por lo menos "actas preliminares" para aceptar ellos
también "la verdad": que algún "cristiano
por el socialismo" o tal vez el Vicario del Vicario de Cristo, el
cardenal Poletti, entre un tormento de fe y una lucha "revolucionaria",
hubiesen encontrado un poco de tiempo para ocuparse del asunto.
En cambio, tienes razón, no se ha movido ni un perro. Tú
insistes. Intentaré ladrar para que se te escuche.
Tú escribes que la Roma de Pablo VI y Giovanni Leone(3), cónsules,
es Sodoma, Gomorra y Babilonia; desvelas que actualmente en Roma es Herodes
el que dice: "Sinite parvulos venire ad me", y la blasfemia
no es nuestra, sino que está en las cosas. La matanza de los inocentes
no es sólo lo que describes, la que has vivido y vives. Condenados
de esta tierra y de este infierno son también los demonios que
denuncias justamente como verdugos, víctimas necesarias ellas también,
víctimas de un sistema y de un régimen que tienen nombres
más modernos y mundanales.
Aquí de hecho "Santo Spirito" es el nombre de un banco,
"Santa Maria della Pietà", "San Giovanni Battista"
y medio calendario del santoral son los nombres de lugares de explotación,
de violencia y perversión; y república, justicia, humanidad,
amor, educación, pureza, oración, asistencia, caridad, leyes,
democracia viven como tú y tú solo nos cuentas soezmente.
Durante años, en el Partido radical en el que has encontrado a
lo largo de estas semanas a otros compañeros destinados como tú
al matadero de la rabia y de la revuelta, estuvimos solos nosotros también
durante la campaña contra la ONMI(4) y el saqueo clerical de los
institutos de "educación" y de "reeducación",
que se tradujo en el arresto del alcalde de Roma, Amerigo Petrucci, y
en una oleada de verdad. Contra los poderosos y los "políticos",
escogimos ser vuestros compañeros, compañeros de cientos
de miles de chicos que no conocíamos y que no nos conocían.
Por ello, me parece justo, ahora, seguir caminando conscientes, juntos.
Maurizio, el chico que se muere en la página 196 de este libro,
le confía algunos días antes a su amigo: "Me he dado
cuenta de que en toda mi existencia no he sido más que un espermatozoo
sumido en mierda". Mario Appignani añade: "Estas palabras
valen también para mí". Alguien notará que aquí
se atenta a menudo contra la sintaxis. Prefiero ocuparme de otras cosas:
afirmar, por ejemplo, que Maurizio ha sido asesinado, la flagrancia del
delito no ha sido interrumpida.
¿Qué esperas, mi querido Gobernador civil de Roma, ex amigo
y compañero de la universidad, Nicola Amato, para proceder?. Incluso
has encontrado el tiempo, en los días pasados, de pedir 44 mandatos
de captura contra 44 chicos, de los cuales 42 son menores de edad a todos
los efectos, culpables de haberse revolucionado contra los demonios de
sus infiernos, para trasladarlos a donde la violencia - moral, cultural,
física y carnal - será más científica; en
donde los cursos de la delincuencia serán acelerados y obligatorios.
Una noche de invierno hace diez años, en Acuto, provincia de Frosinone,
en una terraza del Instituto de las Monjas de "San Giovanni Battista",
un niño de ocho años en camiseta y calzoncillos tiembla
intentando no morirse de frío. Se llama Francesco. Se da cuenta
de que la llegado Mario. Se abrazan, apretándose fuerte: pero el
calor de la amistad lo protege sólo durante una hora. Sor Filomena
llama a Mario: su castigo es menos largo. Al día siguiente "todo
el mundo" busca a Francesco. No está en su cama. Sus pantaloncitos,
su camisa, sus zapatitos están ahí, pero Francesco ha desaparecido;
ya nadie lo busca. Al cabo de un año, el viejo jardinero descubre
bajo un montón de tierra, envuelto en una sábana el cadáver
de un niño desconocido. Llegan magistrados y policía. Pero
nadie sabe nada de nada, nadie parece acordarse de Francesco. Quien lo
recuerda tiene miedo y guarda silencio. Nicola Amato, amigo mío,
entre una requisitoria y otra, hazme un favor: encuentra un poco de tiempo
para buscar el apellido de ese Francesco del que nadie se acuerda. En
algún registro deberá dormir. Desentiérralo. A ti
seguro que te lo dicen. Quiero hacerme elegir por un sólo día
consejero municipal de Roma, si es necesario, porque quiero que por lo
menos se le dedique el nombre de una plaza en Roma, lo más cerca
posible a San Pedro.
Maurizio, Francesco, Mario... ¿Cuántos son?. No bastarían
todas las plazas de Italia para recordarlos. Y propondré un monumento
al "Chico desconocido". De todas maneras el soldado del 1914
ha dejado de morir con las estrellitas y ya no lo asesinan en el Carso(5),
sino aquí, entre nosotros, en Roma. Sirve a la patria aquí,
in situs; y el "servicio" empieza desde que nace y dura hasta
la muerte precoz. También este monumento quiero que esté
cerca del Capitolio(6), de la Vicaría, de la ONMI, de la Democracia
Cristiana.
Había una vez un chico de doce años, en otro Instituto de
"asistencia". Unos compañeros más mayores lo violaron.
Después, con todos los demás, le dieron una paliza a la
pequeña "espía" que, inútilmente, intentó
buscar protección y consejo yendo al "director". El chico
está aterrorizado, no puede quedarse ahí. No le queda más
remedio que cortarse las venas, para ir al hospital. De ahí lo
mandan a la "neuro": duchas frías, cama de contención.
Psicofármacos, drogas estatales y de clase para mantener este "orden".
Cuando se "cura", la libertad se llama Sor Diletta Pagliuca.
Mario Appignani no ha perdido la memoria. Del Instituto, de la neuro recuerda
bien los nombres y las direcciones. Los escribe. Los electrochoques de
"Santa Maria della Pietà" no le han servido, ni la insulina,
ni las demás drogas estatales. Escucha, Nicola Amato; o más
bien lee. Escuche y lea, señor Gobernador civil jefe Roma, doctor
Siotto. Y no lean sólo las páginas en las que se narra una
revuelta, como la de los 44 arrestados de hace pocos días. Es más,
si puede ser, sáltenselas. De lo contrario, tal vez seré
responsable de las 44 nuevas órdenes de captura: no existe prescripción,
todavía, y por lo menos uno de aquellos chicos revoltosos está
todavía en vida y en libertad - en qué medida provisionales
lo saben sólo ustedes.
Ocúpense, en cualquier caso, de ese Appigniani que narra desde
la cárcel de menores de Rebibbia, las omisiones de actas de oficio
de su director. Ocupénse de nuevo del Señor Della Rovere,
"Médico" de Regina Coeli(7), a donde traslada por venganza
las violencias científicas e inmundas de "Santa Maria della
Pietà". ¿Quieren pruebas?. Búsquenlas. ¿Es
tarea de ustedes como magistrados, si creen en la ley y en su función
en apoyo de aquellos que son débiles e inermes, y no sólo
de un indicio por lo menos?. He intercambiado con Appignani sólo
cuatro palabras. Pero sabemos perfectamente, tanto ustedes como yo, que
su libro posee el eco de la verdad. Puede suceder, sucede que se deje
ir un poco y quiera ajustar alguna que otra cuenta. Algunas de sus acusaciones,
en estas páginas, tal vez no eran necesarias; otras, por motivos
suyos, lo sentimos, las omite, guarda silencio. Pero sabemos, nosotros
y ustedes, que Appignani no es un mitómano y que no miente.
Por otra parte, ustedes ya nos conocen a nosotros los radicales. No dejaremos
correr esta historia tan fácilmente. Somos conscientes de que,
esta vez, muchos acusados no podrán callarse: deberán reaccionar
judicialmente, y nuestra postura será difícil. Podrá
suceder, ¡desde luego!, y sucederá que vosotros pidáis,
matemáticamente, nuestra condena - y no la suya. Pero que nos echen
lo que haga falta. Clavaremos en el banquillo de las responsabilidades
a la institución maldita, clerical, clasista, criminógena,
asesina que el régimen nutre e impone como lugar de salvación,
educación, caridad y asistencia.
Será el proceso al infierno. Uno de sus momentos, no el más
importante, porque nada podrá llevarlo a cabo a no ser el asalto
final, decisivo, sin ruido, político, de las masas democráticas
y de sus organizaciones.
El sistema
es perfecto, desde la cuna hasta la tumba. Su lógica política
no tiene contradicciones; está clara y a menudo es conocida. El
niño nace de madre y familia pobre. La miseria es mala consejera,
si no aconseja y está vigilada. No conozco las cifras actuales,
pero en 1963 el Estado asignaba más o menos trescientas liras al
día a la madre necesitada para criar al hijo, y una media de tres
mil liras al día a los institutos clericales con el mismo fin.
Bajo el régimen de la DC miles de millones han ido a parar a "órdenes
religiosas", "institutos educativos" o asistenciales, a
cincuenta mil "entidades", promoviendo la obligada expulsión
de sus familias de miles de niños y de chicos y su "recuperación"
en ambientes no idóneos, que dan realmente pena. Un gigantesco
e inmundo subgobierno ha garantizado al régimen, en este campo,
una posición de fuerza de enorme relieve. Emanando del Estado,
de las Entidades locales, de la ONMI, los Institutos providenciales y
las mutuas, la adjudicación del niño pobre, expulsado de
su ambiente natural, a menudo enfermo psíquica o físicamente,
se traduce en un enorme chantaje clerical y democristiano.
La caza a las "convenciones", a las asignaciones, a las "recuperaciones"
se convierte en actividad frenética, a menudo esencial e irrenunciable
para grandes, medios y pequeños "empresarios" del sector.
Los "niños" se convierten en niños de oro, para
los que "se ocupan de ellos", a condición de que no sea
su madre. En vez de crear estructuras públicas adecuadas y racionales,
de formar a personal especializado, el Estado financia esta infame, especulación.
Con estos criterios, resulta inevitable omitir todo control, impedir toda
reforma. Cientos de miles de personas viven de esta actividad.
Cientos de miles de electores y de electoras, decenas de miles de "centros"
de poder, de condicionamiento, de clientelismo, de corrupción,
exigen y obtienen a sus "chicos". Cada vez que se intenta llevar
a cabo una reforma, la Iglesia se yergue, si es menester, en defensa de
las situación existente, afirmando solemnemente su primacía,
sus derechos-deberes en materia de educación y de asistencia de
la infancia. Cuando la magistratura romana recibe las denuncias judiciarias
y la opinión pública recibe las campañas políticas
del Partido radical, Pablo VI se llega hasta el Capitolio y dirigiéndose
con particular y solemne benevolencia al alcalde Petrucci reivindica con
energía el deber del Estado de no implantarse en esta "misión"
y en el servicio social a la organización eclesiástica y
clerical.
La izquierda, en este campo, parece paralizada y cómplice desde
hace tiempo. Las "denuncias" periodísticas, científicas,
humanitarias que desde su seno no cejan de proponerse, no encuentran ningún
tipo de salida política adecuada. Los radicales son acusados de
anticlericalismo añejo y de ser veleidosos, aislados, censurados.
La plaga social se extiende, se agrava, se convierte en un azote. En Roma,
los grupos extraparlamentarios han demostrado en repetidas ocasiones ignorarlo
totalmente. Y sin embargo, de las barriadas cada vez más grandes
y míseras y superpobladas, de las barracas y de cualquier barrio
de la exterminada periferia, a puñados, cada año, los Mario
Appignani van al infierno.
Y con los Mario Appignani, todo "niño" necesario para
el régimen, para el sistema: para los "viejos", los "disminuidos",
los "enfermos", y los locos, de hecho, su destino y su utilización
es siempre la misma.
Sabíamos
todo esto; contra ello hemos luchado, hemos arrimado el hombro, hemos
aceptado ostracismos y ataques procedentes de todas partes. Y sin embargo,
ya lo he escrito, este libro me ha desesperado, me desespera, por todo
lo que no hemos sabido impedir, por todo lo que no hemos sabido conquistar
y crear, por todo lo que no hemos hecho adecuadamente y a tiempo.
No recuerdo que me haya sucedido jamás una cosa igual; durante
casi diez días, tras haberlo leído, es como si hubiese abandonado
el combate. No he querido amigos ni compañeros a mi alrededor.
Hay momentos en los que la inteligencia es dolor, tener razón una
desolación. Leyendo y releyendo el libro de Appignani, un montón
de increpaciones, observaciones, proyectos, polémicas, confirmaciones,
urgían. Me hallaba al inicio certero y feliz de poder ayudarle
con una buena, amplia, ordenada y concreta introducción. Por una
vez, un buen texto político.
En cambio, no ha sido así.
Pero hay algo que quiero decir. Hay que leer este libro. Tenemos que difundirlo.
Es una tarea de militante pero también es un deber para con la
gente que somos, que vivimos, que lucha por tiempos más humanos.
Estoy convencido, de que es una válida y valiosísima arma
de clase. Es un apéndice a la Historia de Elsa Morante, escrita
por uno de sus personajes proletarios, que no es escritor, que no quiere
morir ni ver morir a la gente que ama a su alrededor, que ya no está
solo tal vez porque por fin ha sabido contar un infierno que era más
fácil inventar e imaginar.
La historia de Mario para mí es de una tremenda verdad, posee momentos
de increíble belleza, es un fresco romano de la Roma católica,
capitalista y republicana.
La voz de un "asistido" por el cielo y sus representantes en
la Tierra, por el Estado y sus administradores "demócratas".
Lo cogieron a los cinco años de edad para impartirle una sola y
rigurosa lección: violencia, violencia y más violencia todavía.
Monjas, curas, "educadores" y "profesores", "fuerzas
del orden" y jueces, médicos y directores, unidos, coherentes,
eficaces. De las pedradas bajo las piernas arrodilladas, a las sodomizaciones
violentas, desde las persecuciones salvajes y colectivas, a las camas
de contención, desde el hambre al helarse, desde las "caricias"
en los coches de policía hasta los electrochoques como lección
contra la simulación de malestares, desde las semanas de aislamiento
en las cárceles al ser reducido a cosa, a objeto sexual (¡todavía!)
de los detenidos a los que se les confía el "orden" porque
son los más violentos, asesinos, contra la masa de ladronzuelos
y de inocentes; no existen excepciones para confirmar la regla.
Miles de chicos, en este momento, viven esta "experiencia",
reciben esta "formación", culpables de haber nacido en
obsequio a la Humanae Vitae, culpables de no haber alcanzado en la basura
de los fetos de sus hermanos y hermanas del aborto clandestino de masa
y de clase: culpables de ser proletarios y no burgueses. Hay algo que
se le escapa, probablemente a Mario y a sus hermanos. Y es que el mundo
que ellos odian de las Pagliucas y los Celestinos, de las sor Filomenas,
es también un mundo de víctimas.
Pienso, concretamente, en las monjas. Se fueron de casa muy jóvenes,
también ellas, por regla general campesinas o gente de montaña,
con sus impulsos místicos y su sueño de conventos de oración
y de amor, convirtiéndose progresivamente en la mano de obra de
la industria del provecho sobre la asistencia a la infancia, a los enfermos
de todo tipo, a los viejos. Sin preparación, sin cultura adecuada,
se las echa en los manicomios o en otros campos de concentración.
Ante estos "endemoniados" que necesitarían más
bien al exorcista, ante los sufrimientos y las exigencias de las enfermedades,
su existencia debe parecer tremenda. De hecho, deben reclutarlas en los
distintos Kerala(8) de la Tierra: Abruzzo, Sicilia o el Véneto
no bastan. Pero, para todos, ¿cómo mantener el orden pocas
personas ante cientos de niños y de viejos, como hacer frente a
las incesantes adjudicaciones de enfermos?.
¿Cómo, en este universo unisexual, imaginar cualquier otra
cosa, desde los directores hasta los "dirigidos", que la continua
agresión sexual, y otra sexualidad que no sea la homosexual?. Torturadores-torturados
constituyen el rostro difícil de leer de este universo carcelero,
como el de cualquier otro.
Sólo una política racional de creación de estructuras
políticas, de comunidades y de instituciones abiertas, de uso democrático,
laico, público del dinero del Estado, puede representar una alternativa
probable y plausible. Es decir, sólo la lucha política,
social, el enfrentamiento de las clases.
Es un trabajo urgente. Se impone llevarlo a cabo sin más demora,
contra la mitificación capitalístico-clerical y la desatención
suicida y homicida y las dimisiones de la "izquierda" y de los
laicos. Es un trabajo que comporta niveles distintos de enfrentamiento,
desde las iniciativas referendarias como las de la abolición del
Concordato, hasta las acciones cotidianas demostrativas de intervención
directa para reintegrar la legalidad allá en donde se viole. Pero
permítanme invitar a los lectores del libro de Appignani a establecer
contactos directos, con este objeto, con el Partido radical y las distintas
ligas en pro de los derechos civiles.
Ahora esperaremos
a que los Antonio Lojacono, las cruzadas de la familia, de la infancia,
del deber de la procreación a toda costa, de la misión de
civismo de Roma y de la Iglesia, se ocupen de sus demonios, de su infierno,
en vez de vislumbrarlos morbosamente en todo lo que es distinto a ellos.
Esperemos que la "justicia" se mueva. Sería bueno avisar
desde ahora que no aconsejamos a nadie que intente hacer de Mario Appignani
un nuevo Giovanni Sanfratello. La solución no es ésta por
la simple razón de que no lo vamos a permitir. Es más, nos
vamos a ocupar de los cuarenta y cuatro chicos a los que se les ha mandado
hace algunos días la orden de captura por petición del juez
Amato. Su proceso deberá constituir un momento de verdad y de lucha,
de moralidad y de liberación social y política. Los abogados
radicales les ofrecerán su asistencia legal gratuitamente. Nos
ocuparemos en especial de que la honestidad de la información se
garantice. Impondremos la verdad porque, sea cual fuere, en estos momentos,
al igual que siempre, necesitamos imperiosamente la verdad.
Pero no seremos más que inútiles y veleidosos contestatarios
y unos llorones si no obtenemos de este libro una acción concreta,
una forma adecuada de compromiso, un objetivo valioso, determinado posible
e ineludible.
La lucha para acabar con los campos de concentración de la asistencia
a la infancia se debe desencadenar. El juicio sobre las fuerzas políticas
y las organizaciones sociales romanas debe basarse en las posiciones que
adopten a este respecto. No se le debe permitir a nadie que se presente
impunemente como demócrata y muchísimo menos como "socialista"
si no se compromete inequívocamente para quitarle a la "piovra"(9)
clerical del régimen la posibilidad de seguir esta masacre de humanidad
y de civismo.
Confío en que los compañeros romanos del Partido radical
y de las ligas y movimientos federados y de los derechos civiles den primacía
absoluta a esta batalla. Las pancartas, las acciones directas no violentas,
las manifestaciones, la organización de nuevos grupos de intervención
y de lucha, no pueden dejar de movilizarse inmediatamente en pro de este
objetivo.
Pero es asunto de todos, de toda la ciudad, de todos los movimientos y
las fuerzas populares, laicas, democráticas. Confiemos en que los
radicales no se queden solos.
N.d.T. (1)
Pagliuca: monja implicada en la explotación de menores.
(2) Ciriaco De Mita: dirigente democristiano.
(3) Giovanni Leone: Presidente del Consejo (63-68)
democristiano; presidente de la República (71-78),
dimitió tras varios escándalos.
(4) ONMI Obra nacional de maternidad e infancia
(5) Carso: región geográfica de los Alpes orientales.
Durante la I guerra mundial fue escenario de episodios
sangrientos.
(6) Capitolio: plaza de Roma ubicada en una de sus siete
colinas, en la que se encuentra el ayuntamiento de
dicha ciudad.
(7) Regina Coeli: cárcel en Roma.
(8) Kerala: el Estado más densamente poblado de la India
con un porcentaje elevado de analfabetismo.
(9) Piovra: literalmente, pulpo o sanguijuela. Es el nombre
que recibe la mafia por sus irrefrenables tentáculos
que se expanden por doquier y por chupar la sangre. La
"piovra clerical" de la que habla Pannella es la mafia
de la Iglesia.
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