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Conferencia
sobre la plena integración de Israel en la UE
Parlamento
Europeo, Bruselas 4 - 6 de Marzo 2002
Israel : ¿Un regreso a Europa?
Presentado por el profesor Raymond Cohen
Departamento de Relaciones Internacionales
Universidad Hebrea de Jerusalén
Introducción: Culturas gemeladas
Sr./a Presidente/a, honorables miembros de del Parlamento Europeo, colegas.
Les estoy agradecido por la posibilidad de dirigirme a Vds. para hablar
de este tema. Mi punto de vista es el de un profesor israelí que habla
acerca de las necesidades y las esperanzas de Israel. No pretendo, por
supuesto, decirles a Vds. cuál es el interés de Europa. En una nota personal
debo admitir sin ambages que el concepto de la integración de Israel en
la Unión Europea proyecta algo de pensamiento creativo en lo que de otro
modo sería una discusión amarga sobre el futuro de Israel. Actualmente,
los israelíes están encerrados en unos esquemas mentales nacionalistas
y estratégicos convencionales, más apropiados para el siglo diecinueve
que para el veintiuno.
La propuesta de admisión plena de Israel en la Unión Europea es una idea
interesante que podría proporcionar una nueva perspectiva a largo plazo
a los israelíes y ayudar a rediseñar la discusión acerca de las ventajas
y desventajas de un acuerdo de paz. No es una panacea o un sustituto de
una solución omnicomprensiva del conflicto palestino - israelí. Sin embargo,
la perspectiva del ingreso de Israel en Europa podría animar a las fuerzas
moderadas a rejuvenecer su discurso público, romper el cuasi monopolio
de las ideas chauvinistas y ofrecer un conjunto de iniciativas para el
pensamiento creativo en el proceso de paz.
Mi punto de partida es la profunda convicción de que la idea de un Israel
europeo está profundamente anclado en el espíritu de la historia judía.
Las dos ramas principales de la judería, los judíos Ashkenazis (alemanes)
y Sefardíes (españoles) son una parte integral de la familia europea,
que hablaban hasta hace muchas generaciones idiomas europeos, el yiddish
y el ladino. La contribución de grandes judíos europeos como Spinoza,
Freud, Kafka y muchos otros a la civilización europea es bien conocida:
Llegados a Europa en gran número tras las dos derrrotas de Judea a manos
de Roma de los años 70 y 135 de nuestra era común, los judíos son tan
nativos de Europa como como cualquier grupo nacional europeo que llegase
antes o más tarde. Y sin los exterminadores nazis los grandes centros
judíos europeos, de Berlín a Roma, de Budapest a Varsovia, de Tesalónica
a Sarajevo, serían aún centros vigorosos de vida judía. Fueron eliminados
sin que hubiese en ello ninguna elección por parte de los judíos. Que
los remanentes de la judería europea optasen por la vida en un Israel
alejado de los campos de exterminio, un lugar donde pudiesen emprender
una nueva vida y defenderse a sí mismos era natural. Pero eso no puede
cortar todos los nexos históricos de los judíos con Europa. La experiencia
europea es un rasgo tan definitorio de la cultura judía como lo contrario
La pérdida de rumbo del sionismo tradicional
Primero, déjenme sugerir un diagnóstico del malestar judío. Desde la guerra
de 1967, la corriente principal del sionismo, encarnada en el Partido
Laborista de Israel fundado por David Ben Gurion, ha sido ampliamente
eclipsada. Tradicionalmente, el sionismo se veía a sí mismo como el movimiento
nacional de liberación del pueblo judío y se enorgullecía de una filosofía
de justicia social y pragmatismo político. Nunca entendió a Israel como
enemigo de otros movimientos de liberación nacional, sino que aceptaba
el principio cardinal de la partición -una solución en dos estados- como
clave de la solución de la disputa árabe-israelí.
Después de la desastrosa guerra de Yom Kippur en 1973, el Partido Laborista
fue descabalgado por la insatisfacción popular con su balance social y
una percibida alienación elitista de la opinión popular. La década 1967-77
también estuvo marcada por la parálisis y el fracaso de convertir los
éxitos militares en logros políticos. El vacío creado por el derrumbe
del laborismo fue llenado por el movimiento revisionista, que presenta
sus nociones ultranacionalistas en términos populistas, anti-establishment.
El Parido Revisionista Herut, hasta entonces marginal, se convirtió en
la dovela de la mayor parte de los gobiernos posteriores. Los primeros
ministros Begin, Shamir, Netanyahu y Sharon han reflejado todos, a su
modo, el revisionismo sionista. Es una ideología nacionalista con un conjunto
de creencias extrañamente arcaicas en el destino nacional, colonización
del territorio histórico de Israel y lucha interminable. En su versión
populista es de un chauvinismo y un militarismo estridentes.
Hoy, la agenda política de Israel está casi por completo dominada por
ideas revisionistas reforzadas por temas religiosos fundamentalistas y
místicos. Espantosos estereotipos de la Diáspora han vuelto a la superficie.
Los colonos en los territorios ocupados son mirados como los heroicos
herederos de los pioneros sionistas. Ocupación y colonización se presentan
como expresiones de un sacrosanto derecho histórico esenciales para la
supervivencia de Israel. Los palestinos son anatematizados como reencarnación
de Amalek, el enemigo quintaesencial del pueblo judío desde tiempo inmemorial.
Críticas de agentes externos, como las de la Unión Europea, son miradas
con sospecha como versiones modernas del Poritz, el señor de las tierras
y opresor de los judíos de la Europa del Este.
Ante los slogans populistas y xenófobos de los revisionistas, el sionismo
tradicional no ha conseguido presentar una alternativa totalizadora convincente.
El asombroso mensaje de paz y reconciliación que Yitzhak Rabin ofreció
en el prado de la Casa Blanca en Septiembre de 1993 supuso un ideal para
la movilización que prometía recuperar la opinión pública de los ultrancionalistas.
Una generación de gente joven, los 'niños de las velas', que luego lloró
su asesinato, se inspiró auténticamente en ella. Pero el fracaso de las
negociaciones de Camp David en Julio de 2000 y la proliferación de la
violencia hicieron descartar la visión de Rabin como factor político viable.
Ahora, el movimiento por la paz en Israel está desbaratado y tiene dificultades
para su mensaje de conciliación entre judíos y árabes. Muchos israelíes
de a pie acusan a los arquitectos del proceso de Oslo del actual estado
de cosas. El sueño político de Simón Peres de 'un nuevo Oriente Medio'
es ampliamente ridiculizada. Políticamente, el regreso del Partido Laborista
al poder en un futuro previsible parece improbable. Ariel Sharon, previendo
sólo un conflicto enconado, disfruta de amplios apoyos precisamente porque
su política marcial y pesimista refleja el desencanto ampliamente extendido
frente a las "peligrosas ilusiones de paz". Hay medidas políticas, hasta
el extremo de que ya no se discuten en absoluto, que están concebidas
en términos de cálculos miserables de pérdidas y ganancias para la seguridad
de Israel. La seguridad, en fin, se concibe exclusivamente en términos
militares.
Un enfoque de Israel en la Unión Europea
Es aquí donde encaja la perspectiva europea. El proyecto de la admisión
de Israel en la Unión Europea presenta una oportunidad de romper el molde
y volver a fraguar los términos del presente debate. Hoy la opinión pública
israelí tiende a concebir un acuerdo de paz sólo desde un punto de vista:
como una pérdida del territorio sagrado y un sacrificio de la profundidad
defensiva. Como contrapartida, lo más que se puede alcanzar sería un acuerdo
político de valor incierto. El conflicto con los palestinos se podrá,
concebiblemente, enfocar mejor, y quizá se pueda reducir en intensidad.
En conjunto, pues, cualquier acuerdo con los palestinos se mira como una
capitulación irresponsable frente al terrorismo y un amilanamiento de
proporciones colosales, una retirada, en palabras de Abba Eban, "a los
bordes de Auschwitz"
Si Israel puede contemplar un futuro dentro de la Unión Europea, entonces
podría ver en perspectiva un acuerdo histórico con el pueblo palestino
como una gran oportunidad y no como una pérdida en un juego de suma cero.
Ello no supone que acuerdos muy cuidadosos sobre seguridad no deban ser
un rasgo esencial del futuro acuerdo de paz. Mejor, la promesa de inclusión
de Israel en la Unión Europea transformaría la descorazonadora previsión
de vulnerabilidad y contracción nacionales en una perspectiva de más confianza,
al incorporarse a una comunidad de naciones más amplia. Redefinido como
una ampliación del espacio europeo, el tamaño de Israel no es más relevante
que el de Bélgica u Holanda.
Una perspectiva de inclusión en Europa también se presentaría como un
mensaje imperativo de enfrentarse al esclerótico chauvinismo del sionismo
revisionista. Los que piensan en la restauración del antiguo territorio
patrio no es probable que se convenzan. Pero son una minoría entre los
que apoyan al Likud y sus partidos satélites. En ausencia de fecha de
una alternativa que les rebase, han tenido ocasión de dominar durante
demasiado tiempo el debate sobre la orientación del sionismo contemporáneo.
Si hay una crisis de derechos civiles y humanos en Israel hoy, es porque
el sionismo revisionista no tiene nada que decir en temas universales.
La idea europea podría proporcionar un enfoque unificador, humanístico,
y resultar un llamamiento de enganche para todos los que no han contraído
bodas místicas con Judea y Samaria. En último término, en la misma medida
que en la referida a la seguridad frente al peligro, el argumento de Israel
para mantenerse en los territorios tiene que ver con su identidad y su
ideología. Devolviendo a los israelíes la dimensión europea de su identidad
facilitaría a la mayoría silenciosa abandonar el mito inalcanzable de
la restauración de un Israel bíblico.
Como reacción a la propuesta de un papel europeo, los Israelíes es posible
que esgriman serias objeciones. Argüirán que no es posible el retorno
a una identidad europea tras el Holocausto, que las hipotéticas garantías
de seguridad europeas no podrán sustituir a la alianza americana, y que
la admisión en la Unión Europea dará la razón a los que afirman que Israel
es un cuerpo extraño en el Oriente Medio. La respuesta a ello debe ser
que unirse a Europa no cancela las garantías americanas ni las medidas
de defensa apropiadas, que la Europa contemporánea no pide vasallaje de
alianza exclusiva y que no es una entidad al estilo de las viejas naciones-estado.
Más aún, un Israel atrapado en una querella interminable con los palestinos
apenas será viable a largo plazo como aliado para Estados Unidos, por
no hablar de los estados árabes vecinos. Como miembro de la Unión Europea
Israel podría dar forma a su identidad y cultura de múltiples facetas
liberado del fardo aplastante de ofensas y agravios históricos. Podría
asimismo revivir la vocación histórica judía, tan beneficiosa durante
la época dorada de la España musulmana, la de ser el intermediario cultural
entre el Islam y Occidente.
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