Somos ecologistas, federalistas y antinacionalistas


Somos ecologistas, federalistas y antinacionalistas

SUMARIO: Tremendos e inéditos son los peligros que se ciernen sobre nuestro planeta: el efecto invernadero, la desertificación, el hambre, la contaminación irreversible del aire, del agua y la tierra, la criminalidad internacional. En las clases dirigentes aumenta la tentación y la falacia de querer solventar con medidas autoritarias y totalitarias, que, tal y como lo hicieron el fascismo y el comunismo, someten los derechos humanos a los "intereses superiores". Es necesario un nuevo humanismo. Debe afirmarse una nueva disposición de conjugar ciencia y capacidad democrática, para concebir un futuro posible y necesario de vida y calidad de vida, para conservar el medio ambiente y las tradiciones de civismo: la ecología. Pero no será posible afirmar la ecología política sin una ecología de la política. Los partidos tradicionales y nacionales son, en efecto, impotentes para hacer frente a estas amenazas, para abordar los nuevos poderes multinacionales de la criminalidad y el problema de la contaminación; deben
dejar paso a otros más adecuados a los a los tiempos, basados en objetivos no nacionales, sino continentales y planetarios. Somos ecologistas, demócratas, no violentos, y también federalistas europeos y coherentemente antinacionalistas.
(El Partido Nuevo, n.1, Junio 1991)


Es necesario concebir, promover y organizar los poderes y los instrumentos de gobierno transnacionales y supranacionales, las comunidades federales regionales, las estructuras y los procedimientos internacionales y mundiales que parecen cada vez más necesarios y urgentes para salvar al mundo de la catástrofe y afrontar y solucionar los grandes problemas de nuestra época.
La radiactividad de Chernóbil no respetaba fronteras, podía desplazarse - tal y como lo hizo - más allá de los confines de Ucrania y de la URSS. Las lluvias ácidas caen allá donde las conducen los vientos y las nubes, a menudo muy lejos de los lugares en los que han absorbido las venenosas emanaciones industriales. No existe un peligro de efecto invernadero para Letonia y otro para Italia. Existen problemas que se derivan de la creciente integración, de la creciente interdependencia del mundo, y que no pueden ser afrontados y dominados con los viejos instrumentos de la política: tanto si se trata de los partidos nacionales que son creación del último siglo, como si se trata de los estados nacionales que se formaron en los últimos cinco siglos y que han terminado por impregnar la historia de Europa del 1800 y del 1900.
Esta verdad elemental no se aplica sólo a los ejemplos que hemos citado y que hemos tomado de la conciencia ecologista de nuestra generación y de nuestro tiempo. En realidad, esta verdad se aplica a todos los grandes problemas de nuestra época, que son, siempre o casi siempre, problemas transnacionales y por consiguiente problemas comunes. Tanto si se trata del peligro atómico, de la destrucción de las armas químicas y bacteriológicas, de los inmensos problemas derivados de la miseria, del hambre, de la enfermedad o del subdesarrollo en gran parte del mundo, desde Africa hasta Asia, desde América Latina hasta la periferia o el corazón de lo que se considera el mundo desarrollado; como si se trata del efecto de las nuevas tecnologías en la organización del trabajo, o de la reglamentación de un mercado capitalista que no conoce fronteras y que escapa a todo control; como si se trata, por último, de los derechos humanos afirmados con palabras pero negados con los hechos por la mayoría de los gobiernos y de los
Estados o de la difícil convivencia de distintos grupos étnicos en el mismo territorio, destinada a extenderse por efecto de las crecientes migraciones.
Somos ecologistas, demócratas y no violentos, por lo tanto también federalistas y federalistas europeos, y coherentemente antinacionalistas. Como europeos occidentales no estamos para nada satisfechos por la fase en la que se ha estancado el proceso de integración de Europa occidental. No basta una Comunidad económica y un mercado común, es necesario, sin más demora, una Unión federal. Como demócratas apreciamos el esfuerzo y los sufrimientos de los que lucharon, y luchan en muchas partes del mundo, para reconquistar junto a los derechos democráticos, el derecho a su autonomía nacional, pero sabemos que esta reconquistada autonomía no puede bastar por sí sola para resolver los problemas que las viejas dominaciones imperiales dejaron sin resolver y que incluso agravaron. En calidad de internacionalistas y antimilitaristas que no se conforman con invocar la paz sino que quieren construirla con las leyes, las estructuras y los comportamientos, postulamos la construcción urgente, a través de las Naciones Unidas,
un nuevo derecho internacional basado en los valores de la democracia, la justicia, la tolerancia, el respeto de los derechos humanos, y de los instrumentos necesarios.