Exigir una política de vida

Emma Bonino
Notizie radicali

SUMARIO: La iniciativa de Food and Disarmamente International a partir del Manifiesto de los premios Nóbel de junio de 1981 hasta el Manifiesto de los jefes de Estado africanos de febrero de 1986.
(Noticias radicales n° 54 del 5 de marzo de 1986)


24 de junio de 1981 - 15 de febrero de 1986. Dos fechas, dos documentos políticos internacionales cuyo tema central es la base de la acción de "Food and Disarmament" y del Partido radical en el frente de la lucha contra el hambre y en pro del desarrollo.
El Manifiesto de los Premios Nóble lanzado en 6 capitales y firmado, hace 5 años, por 53 premios Nóbel, y que en la actualidad ha firmado un total de 95, señala verdades simples, y precisamente por ello ignoradas por los gobiernos y las clases políticas dominadas por una cultura «tercermundista» que se impregna del modelo general de ayuda pública a los países en vías de desarrollo. Los Nóbel afirmaban que era posible vencer el hambre - armando la voluntad política necesaria con todos los medios, incluso con los de la no violencia y del satyagraha - a condición de que se proporcionasen nuevas leyes, nuevos presupuestos, nuevos recursos para una intervención específica e integrada, en las regiones en las con mayor índice de motalidad. A partir de la salvación de vidas humanas hubiera sido posible congelar el proceso de destrucción social y económica que produce el hambre y poner en marcha el relanzamiento de quellas regiones y de aquellas economías a corto y a largo plazo.
Dicho de otra manera, partir de la sobrevivencia de aquellos que agonizan para llegar a un desarrollo real del que se beneficien dichas poblaciones, en vez de seguir el camino tradicional de inversiones a cántaros en los distintos sectores económicos de un país, engañándose al creer que un hipotético, a menudo falaz, aumento de los indicadores económicos de la producción hiciese esperar que, a corto y a largo plazo, absorbiese «fisiológicamente» el problema del hambre.
Problema que los «expertos» afrontaban solo a través de las ayudas alimentícias completamente escindidas de cualquier otro tipo de intervenciones integradas en las regiones afectadas. Desde la perspectiva de los Nóbeles - que intentaba aislar el problema del hambre en el contexto más general del subdesarrollo y hacerlo tema central, no sólo del sistema de ayudas, sino de toda la política exterior de cada país por las implicaciones económicas y de seguridad internacional que dicho fomento reviste - el Partido ha luchado, durante este tiempo, intentando que se tradujesen en acciones concretas la nueva estrategia que se iba delineando a través de convenios y reuniones internacionales promovidas a lo largo de estos años.
Se han obtenido la resolución del Parlamento europeo, que por primera vez señalaba la exigencia de cuantificar el número de personas que se podían salvar, con cuántos medios y en cuánto tiempo, tras una alternancia de esperanzas y desilusiones, la ley belga y la italiana.
Sin embargo, estas leyes han sido el fruto de un compromiso de fondo entre las propuestas de los promotores y las mayorías necesarias para su aprobación. Mayorías éstas, vinculadas a viejos esquemas, a los viejos centros de poder, incapaces a menudo de abarcar el sentido profundo de las nuevas propuestas. La realidad es que, así mismo, las distintas leyes nacionales no son suficientes para vencer el hambre y para llevar a cabo ese gran esfuerzo de partida necesario para la rehabilitación de los países más pobres y para asegurar el derecho a la vida de aquellos que se ven amenazados por el exterminio causado por el hambre. Por el contrario, son necesarios actos jurídicamente vinculantes en el seno de las Naciones Unidas de todos los Estados del Este y del Oeste que actúen de forma coordinada y concreta. A partir de esta dúplice idea, parte el manifiesto de los jefes de Estado lanzado el 15 de febrero de 1976 a lo largo del Convenio internacional de Roma y firmado por 15 jefes de Estado africanos, encabezado por Abdou Diouf, de Senegal, presidente en funciones de la Organización para la unidad africana y por Felix Houphet Beogigny, «el viejo sabio del continente», presidente de Costa de Marfil.
El análisis de los jefes de Estado está en sintonía con el del Manifiesto de los Nóbel a cuyo texto se remite. La miseria y el hambre siguen siendo la causa del desorden internacional imperante. La ciencia y el conocimiento humano podrían vencerlas si las guiase una voluntad política. Al posible holocausto nuclear se contrapone el holocausto cotidiano de cientos de miles de muertos por hambre y subdesarrollo y por las guerras que desde hace decenios asolan al Tercer mundo a pesar del credo dominante de un mundo en paz desde el 1945. Vencer el hambre o dominar el desarrollo es, en primer lugar, conquistar inmediatamente el derecho a la vida y asociarlo indisolublemente al derecho a la libertad, a la paz y a la justicia. La cooperación para el desarrollo hay que entenderla como garantía de los derechos subjetivos inalienables de la persona humana.
Los jefes de Estado piden que se les otorgue fuerza activa a las decisiones adoptadas por las Naciones unidas en este campo, confiando la Consejo de seguridad la tarea de poner en práctica dicha decisión.
Así pues, en primer lugar, hacer que sea jurídicamente vinculante, antes del 1986, la obligación de proporcionar el 0,70% del producto nacional bruto a título de ayuda a la vida y al desarrollo garantizando y favoreciendo, además, los pactos mundiales e interregionales de seguridad agrícola y alimentícia y las sumas destinadas a los planes de intervención extraordinaria integrada (Lagos, Addis Abeba).
Creo que un proyecto tan ambicioso es factible en la actualidad. Sin embargo, creo que lo será sólo si el Partido radical - a partir de este nuevo Manifiesto - sabe y quiere reanudar la lucha y la campaña contra el exterminio por hambre exigiendo que el derecho a la vida se convierta en una política: la política de nuestro gobierno. Es decir, se trata de no seguir consintiendo la lógica y la práxis de las «ayudas» sino de perseguir una política de vida.
Es este salto de perspectiva y de voluntad política lo que ha faltado en estos meses, a parte de los errores - mayores o menores - de gestión y las tentaciones de corrupción, y es ésto lo que debe obtenr el gobierno.
Hace algunos días, me encontraba en París con motivo de la reunión de los países francófonos (más de 50 delegaciones presentes a nivel de jefes de Estado o ministros de asuntos exteriores) y buscaba nuevas firmas para el Manifiesto; en algo menos de tres meses era la tercera asamblea convocada por Miterrand.
De hecho, ya habían celebrado una cumbre de los países francófonos en el mes de diciembre y dos conferencias mundiales Norte-Sur sobre las selvas y la desertización, en el mes de febrero.
Se está en preparando, por petición de Miterrand, la conferencia de la Onu de París sobre «Desarme y desarrollo» que se celebrará en el mes de junio. Desde luego, la política «tercermundista» de Miterrand es discutible, y bajo algunos aspectos negativa. Pero tiene una virtud: existe.
Para los países en vías de desarrollo, que buscan desesperadamente un punto de referencia al margen de los bloques Usa-Urss, Francia parece el único país europeo que ofrece una posibilidad de tribuna o que se ofrece como portavoz.
Siempre hemos oído sostener que Italia debía ser la promotora de una política de vida a nivel nacional y comunitario: ¿Cómo puede ser que a lo largo de todos estos meses no se haya celebrado ni una reunión, convocada por el gobierno, sobre le tema? ¿Cómo es posible que Andreotti o Craxi no hayan convocado por lo menos a los ministros de asuntos exteriores y de cooperación de otros países europeos? ¿Cómo es posible que no se haya celebrado jamás un encuentro o una conferencia entre Italia (país donante) y Africa (país receptor)? ¿Es esperar demasiado que Italia explote los márgenes jurídicos para alcanzar una iniciativa en la asamblea de la Onu o del Consejo de seguridad - tal y como ha sugerido el juez Bedjaoui de la Corte de Justicia de la Haya - considerando lo que dice hasta el mismísimo Craxi que «el hambre es una amenaza para la paz»?